El Holocausto y la memoria

31/Ene/2017

El Imparcial, España, Por Ricardo Ruiz de la Serna

El Holocausto y la memoria

En 2005, la Asamblea General de Naciones
Unidas proclamó el 27 de enero como Día Internacional de Conmemoración de las
Víctimas del Holocausto. Cada año, coincidiendo aproximadamente con esa fecha,
se celebran en toda España ceremonias que recuerdan a los seis millones de
judíos exterminados, así como a otras víctimas del régimen nazi. A ellas
asisten representantes de todos los partidos políticos que tienen
representación en las instituciones que acogen el acto, desde el Senado hasta
los distintos ayuntamientos que han ido sumándose a las conmemoraciones a lo
largo de los años. En España, este año se celebra el 30 de enero con un acto de
Estado en el Senado.
Durante estos días, las redes sociales se
llenan de mensajes que -de distintas maneras- traen a la memoria la barbarie de
los nazis y sus aliados: fotografías, vídeos, fotomontajes, etc. A veces,
parece que el lenguaje se va agotando a la hora de describir el horror que
asoló Europa y que se ensañó con los hijos de Israel, que venían sufriendo
siglos de antisemitismo. Esta dificultad para narrar en toda su extensión la
atrocidad cometida, contrasta con la diversidad de lenguajes a través de los
que se difundió el odio a los judíos durante tanto tiempo. Desde el cine y el
teatro hasta la fotografía, la caricatura y todos los géneros periodísticos, la
demonización, la deslegitimación y el doble rasero aplicado a los judíos
terminó produciendo el resultado que en este tiempo se recuerda.
El camino a Auschwitz comenzó antes de que
los nazis accediesen al poder. El antisemitismo moderno encontró en los medios
de comunicación de masas y, en general, en la propaganda, un instrumento
eficacísimo para extender el odio, la hostilidad y la violencia contra los
judíos. Se los acusó de la muerte ritual de niños, de la violación de mujeres,
de la opresión de los trabajadores y de controlar el mundo. Los acusaron de
ser, a la vez, los ricos que manipulaban las finanzas internacionales y los
pobres miserables que solo propagaban enfermedades. Todo servía para excluir al
judío de la comunidad de los seres humanos.
Durante las celebraciones, uno pensaría que
este discurso yace olvidado en el rincón más oscuro de la historia. Son tantos
los líderes políticos que se comprometen y hacen votos de que nada así vuelva a
repetirse, que uno tiende a sentir cierto optimismo.
Sin embargo, basta poco tiempo -a veces,
solo unas horas- para descubrir con tristeza que el antisemitismo sigue vivo
entre nosotros. Junto a sus viejos rostros, el antisemitismo se ha escondido
bajo la máscara del odio a Israel, el Estado de los judíos.
Pierre-André Taguieff ha descrito con claridad
cómo funciona este nuevo antisemitismo que recorre Europa alimentado por la
extrema derecha nostálgica, la extrema izquierda populista y el islamismo que
ha hundido sus raíces en el continente. Por supuesto, los antisemitas no suelen
declarar que lo son. Suelen disfrazarse de antisionistas e, incluso, suelen
argumentar que hay judíos que no reconocen a Israel, al modo de alguien que
esgrime una coartada.
Este nuevo antisemitismo justifica el
terrorismo y llama al boicot contra Israel en el comercio, en las
instituciones, en las universidades, en la sociedad civil. Es inevitable
recordar el Judenboicott del 1 de abril de 1933 y los jóvenes camisas pardas
sosteniendo los carteles que el nuevo antisemitismo repite: “no compren a los
judíos”. Como los antisemitas de hoy, aquellos pretendían que ningún judío
impartiese clase en la universidad ni escribiese en un periódico ni tocase en
una orquesta.
Hoy los antisemitas dicen que su oposición
es a Israel, pero sus propias acciones los delatan: los ataques a la
legitimidad de Israel, la demonización de la única democracia sólida del
Oriente Próximo y el doble rasero con que juzgan todo lo que haga o deje de
hacer el Estado judío democrático, prueban que el antisemitismo sigue vivo en
España. Los antisemitas solo perdonan, por ahora, al judío que declare sin
fisuras su odio a Israel.
Así, la vieja extrema derecha, la extrema
izquierda de siempre y los islamistas de cualquier tiempo coinciden en el odio
a los judíos y en su voluntad decidida de extenderlo por Europa. Condenan toda
forma de terrorismo, salvo que el atentado sea contra israelíes. Perdonan toda
forma de violencia -desde el chaleco explosivo al cuchillo o el camión- siempre
que las víctimas sean israelíes. En el debate público, parece de mal gusto citar,
entre las víctimas del terrorismo, a los israelíes muertos a manos de los
terroristas de Hamás, de Hizbolá y las demás organizaciones de asesinos.
A menudo, se tolera esta confusión moral
que, a veces, solo nace de una mala fe deliberada.
Precisamente esta confusión fue la que
condujo a Europa hacia el abismo. Victor Klemperer, uno de los hombres más
lúcidos de su tiempo, describió en “La lengua del Tercer Reich” cómo el
lenguaje de los nazis fue transformando la vida alemana, cómo la fue deformando
hasta hacer irreconocible la verdad.
Al escuchar los discursos de Hitler y de
los jerarcas nazis y sus aliados, muchos pensaron que exageraban. Todo
cambiarían, decían, al llegar al poder. Se trataba, según ellos, sólo de
propaganda. Después vinieron los boicots, las estrellas amarillas, los guetos,
los campos de concentración y de exterminio, las fosas, las cámaras de gas y
esa oscuridad de la que Europa aún no ha conseguido despegarse por completo.
En la tradición judía, la memoria no sirve
para atarnos al pasado, sino para proyectarnos hacia el futuro.
Años después del Holocausto y de la
independencia del Estado de Israel en 1948, Elie Wiesel, superviviente,
declaró: “Me siento solo y tengo miedo. Hace falta estar bien ciego para no
reconocerlo: la actitud antijudía ha vuelto a ponerse de moda. En este momento
de la Historia, el pueblo judío y el Estado judío están indisolublemente
ligados. Uno no sabría sobrevivir sin el otro. ¿Cuál es, pues, la solución?
Hitler propuso una. Y la quería final. Yo lo recuerdo y tengo miedo”. Esa
actitud antijudía no tarda en aparecer una vez han pasado las conmemoraciones.
El judaísmo tiene 613 mandamientos. Emil
Fackenheim formuló el que se dio en llamar “mandamiento 614 “: “primero, se nos
ordena sobrevivir como judíos no sea que el pueblo judío perezca. Se nos
ordena, en segundo lugar, recordar en lo más profundo de nuestro ser a los
mártires del Holocausto no sea que su memoria perezca. Se nos prohíbe, en
tercer lugar, negar o desesperar de Dios […] no sea que el judaísmo perezca. Se
nos prohíbe, finalmente, desesperar del mundo como el lugar que va a ser el
Reino de Dios no sea que lo convirtamos en un lugar donde Dios esté muerto, sea
irrelevante o todo esté permitido. Abandonar cualquiera de estos imperativos,
en respuesta de la victoria de Hitler en Auschwitz, sería darle todavía otra
victoria póstuma”. No creo que el sentido último de este deber esté limitado a
los judíos.
La tragedia que estos días se recuerda nos
impone la responsabilidad de reaccionar ante quienes hoy siguen llamando al
boicot y la exclusión de los judíos, quienes justifican el terrorismo contra
ellos, quienes exaltan a sus autores y silencian a sus víctimas. Debemos alzar
la voz frente a quienes esconden el antisemitismo de siempre tras un pretendido
antisionismo que, en realidad, los delata.
Debemos impedir que Hitler y sus aliados
logren una victoria póstuma.